historia-tejidos-del-viento

Por azares que no buscamos comprender, en una tierra desconocida y hermosa llamada Quauhtlemallan: ‘lugar de muchos árboles’, dos aprendices de brujas se encontraron. Al recorrer juntas aquel lejano reino descubrieron que el pulsar de sus corazones latía en una misma frecuencia; fue como si al hallarse cumplieran una cita que estaba pactada mucho antes de que siquiera ellas hubieran nacido. Se miraron, se olfatearon, se sintieron, se reconocieron, y al hacerlo aceptaron la ofrenda que el universo les había consagrado. Al llegar de nuevo a Bacatá, su hogar, y comenzar los preparativos para la aventura que se avecinaba, dos aprendices más fueron convocadas. Una de ellas encarna el rocío fresco de la mañana tras una noche tórrida; la otra es el torrente sosegado que arrulla el fuego.

La nueva configuración de cuatro puntas realizaba complicadas maromas para coincidir en un mismo tiempo y espacio; pijamadas, tardes de domingo, tomarse un tintico, comer empanadita con ají, entre otras actividades de este tipo solían ser la excusa perfecta para pasar incontables horas en el talleralquímico. Buscando transmutar el alma con cada experimento, una noche tranquila de luna creciente decidieron convocar a las potencias ancestrales para aluzar el camino. Pidieron permiso al abuelo Tabaco para apalabrar la alianza, y cada una envuelta en volutas de humo pronunció las palabras mágicas que manaban de lo más profundo de su ser. Así, en un instante fascinante y misterioso ellas tejieron el viento y dieron el primer paso para cristalizar un sueño.

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Pasó cierto tiempo y la cofradía creció. Nuevamente dos aprendices fueron convocadas. Ellas llenaron de cantos y mimos los días y las noches; traían consigo artilugios de otras tierras. Una irreverente e indomable, crisol de suspiros y desvelos; la otra cuidadora y cómplice, depositaria de secretos. La nueva estrella de seis picos le dio una primera vuelta al sol, y al hacerlo, se tatuaron en su piel sonrisas, paisajes e historias. Al cabo de trece lunas y un poquitico, el murmullo de esta piara penetró en el corazón salvaje y desbordado de otra nueva aprendiz, la mujer – madre, quien con su arte reconfiguró los rezos. Finalmente, una octava aprendiz fue intuida con solo cruzar la calle, pues tras sus pasos el ambiente se carga del perfume del ensueño.

De esta manera las semillas germinaron y la raíz de esta noble mixtura se robusteció de los muchos dones que le habían sido conferidos; las manos se multiplicaron para parir esperanza, recordarnos que la magia existe y dar cobijo a las quimeras de otras latitudes.